miércoles, febrero 27, 2008

Que pase el Miercoles


Solía hacer largas caminatas por las calles de Recoleta, en ese tiempo dormía en la casa de una amiga de la universidad. Era extraño, porque yo nunca me he sentido cercana a las personas, me cuesta hacer amigos, pero a ella la sentía como la hermana que nunca tuve. Recuerdo aquella vez cuando las dos salimos llorando después de un discurso de poesía, nos quedamos paralizadas mirándonos las caras mojadas y terminamos riéndonos al ver nuestro propio reflejo en la cara de la otra, o tan solo por combinar lo salado con lo dulce. Ella fue mi entrada a la vida social, me presentó montones de personas que no hacían más que fumar y tomar café, gente amarga y de dientes negros, que no parecían decir nada en sus escritos, tan solo estéticas de cafés a los que visitaban concurridamente, bicicletas a la francesa antigua, en conclusión un montón de pajaritos que se pintaban cara de artista y que solo criticaban al compañero que tenían a su lado. No seguí acudiendo a las juntas y daba largos paseos con la perra de mi amiga por el Mercado de Santiago, como buscando algo que no se encuentra, algo que viene por ahí, pero que se escapa, que se oculta detrás del olor a fruta podrida, de la sonrisa de la gente o de la calle húmeda del Mercado.
No me gustaba pensar en mi futuro y menos en mi familia, en aquellos tiempos mi padre había enfermado, creo que un cáncer fue el motivo de su muerte, mucho había sufrido en su infancia, aunque no le faltaron momentos felices, pero ya no resistía más, la última vez que lo vi, su cuerpo estaba amarillo y mi madre decía que vomitaba comida con excrementos, sus tripas se encontraban dementes sin lograr mantenerse en la realidad, o como si cada una de éstas estuviera comprendiendo a su propia manera el mundo donde funcionan, mundo llamado sistema digestivo por lo racional, comprendiendo los grandes opuestos por igual: lo puro como impuro, lo sano como insano, lo bueno como malo, o viceversa, en fin al viejo le faltaba poco y cuando murió solo tuve el valor de hacer una llamadita para dar mi pésame.

Alegría Quebrantada




Mi dentadura es como una poesía mal escrita
Como un hijo güacho al que da pena matar.
Un monton de huesos saliendo desde la carne
Que mi falta de amor ha pintado de surcos.

En las caviduras se esconde la culpa
Y reclama en un calambre de conciencia
No obstante, no es adobe mal consevido
Si no que la sonrisa me está destruida por dentro.